Los días afuera, con esa luz que
baja hasta perder su definición
y no saber si la luz sale de mí (adentro)
me bebe hacia sus claros horizontes, o está pintada
al borde del muro para continuar
el enceguecimiento de su propia claridad.
Yo extraño, la canción que de mi boca recorría
el tiempo inmenso En cada sílaba de su penetración.
Eso era ser joven. cuando aún, verde y tibia
Masticaba las ramitas de toronjil con indiferencia.
Lívida, hoy cruzo este discurso de los días
que ya no pueden sorprenderme
-con su arete pequeño de plata en el lóbulo izquierdo-
bestia y muchacho, para recorrer el resultado feroz de los días
su alucinación de oscurecer sin morir en la carrera
hacia la perdición.
Un azoro en la nuca
y ser el rostro efímero de cualquiera
(de la mujer del disco, por ejemplo) que se raya
al volver desde tus manos grandes.
Un rostro, que sobreimpuesto al mío,
es un rostro encarnizado en morir bajo la misma luz
donde ella y yo hemos permanecido
en lo curvado
en lo que se ha hecho grieta al roer de los días
en lo que ya no te pertenece
en lo que ya no es mi juventud
y todo queda amenazado por la curva
que la trajo y me regresa.
Reina María Rodríguez
Los pasos perdidos. Michael Eastman
"Aprendí pronto que al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces, hay que comenzar desde cero, porque el pasado se borra de un plumazo y a nadie le importa de dónde uno viene o qué ha hecho antes".
Isabel Allende
Si queréis conocer más trabajos de este extraordinario fotógrafo,os invito a visitar www.eastmanimages.com
Ahora que en el reloj se acaba de ausentar la medianoche, he de hacer un discurso.
Debo hablar de mi padre.
Sí, trazar un argumento y posponer un brindis por su melancolía.
Por su fea costumbre de andárseme escondiendo, sentándose a llorar en los aguacateros,
madurando los frutos con los hilillos acres de su llanto de pobre niño huérfano. Calándome la rabia entre los huesos y este sabor a sal y esta impotencia.
No. No digas nada. Soy yo quien voy a hablar. Éste es mi turno. No mires a otro lado ni vuelvas a ponerles dogal a las palomas.
Te fuiste tú primero. Abandonaste el juego dejándome en el patio, con los ojos vendados y un rosario de cuentas malamente ensartadas.
Te pedí que esperaras y no me hiciste caso.
Así es que, ahora te callas tú y escucha simplemente mi alarido, porque estoy muy cansada, sabes, de soportar tu ausencia tan igual a un reproche. Te pedí que esperaras y era partir las culpas en todas las porciones necesarias.
Yo sola no podía atravesar el limbo, decorar las estancias y cargar con el peso de las constelaciones. Te pedí que esperaras.
Pero era demasiado. Nunca llegué. Y si llegué, no estabas Permanecí en silencio dando la otra mejilla, pero era demasiado.
Ahora lo digo todo. Ven. Apoya la certeza sobre la blanda nube de mi almohada.
Se acabó. Sí. Con la punta del dedo trazo un leve dibujo sobre las duras líneas de todas las espaldas.
Se acabó. Ya se han marchado todos. No hay más voces, ni ruidos.
A tu esfera celeste no hay música que valga. No hay cuerpos derramando su jugo en los jardines. Todos se han ido ya.
Se los tragó la noche por esa mueca abierta de su boca macabra. Ya todo terminó. Deja de revolcarte en la ceniza. Deja de hacer el tonto. Es el final. Contra la indiferencia no hay discursos que valgan. Inútil transferir los argumentos.
Los que no se despiden sólo quieren dejarnos girones de memoria y un gusto a salazón, a alevosía. A deshechos nocturnos. A superficie ingrávida. Quise hablar de mi padre. De su ausencia perpetua. De su nariz ganchuda, su pálida sonrisa y el corazón tan gris de su retrato.
La mano tiernamente metida en el bolsillo de ese señor extraño es un aviso. Una cita pospuesta. Otra calamidad.
Deja ya de mecerte en la cuerda del ahorcado. Deja de maquillarte. Pórtate bien. Cuida las apariencias.
Pero ese no eres tú. Ni esas son tus palabras. No sé dónde escondimos el cinturón de cuero, ni el ciruelo del patio, ni el cantero de adelfas está para llorarnos. Deja ya de joder con acertijos y deja de burlarte de mi espanto.
Yo no tengo la culpa de que tan sólo fueras el padre mi carne tan igual a la carne que algún día marchará tras la tuya. Ven. Dejaré que mis muertos entierren a tus muertos mientras salvo la vida. ¿No ves que se acabó? No puedo acompañarte en este largo oficio de difuntos. Óyeme bien: es demasiado tarde y no puedo volver.
Es hora que renuncies a las escaramuzas.
Pasó la medianoche de este tiempo de brujas. ¿Es que no te das cuenta de que he crecido tanto, que hasta puedo soltarle un dulce parlamento a las estrellas?
Este documental de La Habana a principios de siglo,
con sus tranvías, con su gente apurada
caminando hacia mí;
esas escenas en blanco y negro como la vida misma,
los anuncios lumínicos, los sombreros,
las insólitas faldas de las señoritas;
este documental donde yo no aparezco todavía
pero la lógica indica que pasaré
por esa esquina exacta,
que tomaré el tranvía hacia los ojos de otra gente;
esos recodos de la ciudad
donde el tendido eléctrico
está lleno de pájaros,
y las columnas cubiertas de propaganda electoral,
y los balcones de las casas con niños
que peligran en los barandales;
este documental donde un desconocido
mira hacia la cámara
sin saber que seguirá mirándome
tantos años después;
este documental que no ganará premios
ni resiste el más leve comentario crítico,
que nadie viene a ver a este cine olvidado
de un pueblo de campo;
que la proyeccionista accedió
a proyectarlo con fastidio;
este documental, triste y silente,
me ha recordado, no sé por qué,
los ojos de Natalia.
Alexis Díaz Pimienta
Perteneciente al libro "Fiesta de disfraces" (Ed.Calambur,2008)
ALBERTINA NO SE PONE VIEJA
Hoy he caminado con mi madre por lo que fue su barrio.
La calle Infanta sigue igual, dice,
solo que están más sucias las paredes,
se han caído demasiadas columnas,
no hay letreros ni anuncios lumínicos
ni venta de refresco y panes con bisté
ni putas que se ofrecen en las puertas de sus casas
ni patrullas que asusten a las adolescentes.
Ya ni siquiera sigue el gordo Luis, dice, herniado,
sentado en el portal, contando guaguas.
A mi madre no la dejaban andar por estas calles
porque era joven y decente, negra y decente,
virgen y decente, así que caminaba
más de lo necesario para ir hasta su escuela.
El edificio de Carteles —dice— sigue pintado igual.
Y ésta era la bodega del gallego Joaquín
—dice— que le ponía sombrero a su mujer
para que nadie la mirara. Mi madre no se emociona,
habla como una exploradora con catacumba propia.
La observo: falda corta, de cuadros, plisada,
zapaticos de correas,
moños trenzados y delgadez extrema.
A esta hora mi padre está en Pinar del Río
con un machete en alto, tumbando cañas
que luego venderá en la plaza de Cuatro Caminos,
a unas cuadras de Infanta, sin que mi madre sospeche
que el guarapo conque calma su sed la llenará de hijos.
Mi padre ni siquiera sabe, a estas alturas,
cómo se cruza Infanta. Ignora, incluso, que el barrio Pajarito
es un barrio de putas, y que por eso no se puede encontrar
con mi madre mientras arrastra su carreta.
Son los años cincuenta.
El cabaret Las Vegas se inunda de jazz
y recostados sobre las victrolas
lloran a coro todos los borrachos de la Habana Vieja.
Errol Flyn se bate a muerte con Beny Moré,
y José Antonio Echevarría detiene los relojes del país
en el preciso instante en que mi padre
cruza Infanta por primera vez
y ella le da las gracias por cargarle los libros.
Entonces, él la invita a un primer vaso de guarapo fresco.
Luego, mi madre supo que a José Antonio
lo acribillaron en la escalinata,
que La Lupe puso a temblar Las Vegas,
que el joven del guarapo se llamaba Jesús.
Y todo en este barrio, dice,
un sitio de La Habana que sigue igualitico igualitico,
sólo que ella ya no tiene quince años.
Alexis Díaz Pimienta
Quiero agradecer especialmente la generosidad de Alexis Díaz Pimienta por regalarme estos poemas y la posibilidad de compartirlos con todos vosotros a través de este espacio.Si queréis disfrutar de la obra de este artista os invito a visitar www.alexisdiazpimienta.es.tl Un abrazo a todos!
Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano.
Pablo Neruda
Desde aquí quiero agradecer a mi amigo de Facebook, Tropi Ecobio ,su inmensa generosidad al brindarme sus fotografías para compartirlas con vosotros.Disfrutar!
Era la crónica de una muerte anunciada. Finalmente los administradores de Facebook cerraron De La Habana al cielo sin posibilidad a la defensa y atendiendo únicamente a las quejas de algún alborotador movido por la envidia o el rencor.De todas formas de nada sirven las quejas,hay que seguir caminando mirando el horizonte,de una manera más lenta y sin tanta presión imagino que se hará este camino mucho más amable.Será imposible recuperar a miles de los seguidores de la pagina,pero los que sigan acompañando esta nueva andadura ya se encargarán de hacer de este nuevo espacio un lugar tan inmenso como De La Habana al cielo.A los que seguís junto a mi agradeceros vuestra fidelidad y cariño,a los que se perdieron en el camino,simplemente darles las gracias,fue bonito mientras duró.
Ahora prosigamos nuestro camino de la mano de un gran pintor y generoso amigo,Sergio Lastres
¿Qué hace falta para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas,un vientecillo tibio,la paz del espíritu.
André Maurois
Desde aquí quiero agradecer a Sergio Lastres la inmensa generosidad al brindarnos la posibilidad de admirar alguna de sus obras.Es un regalo contar con tú amistad!
Mal poeta enamorado de la luna, no tuvo más fortuna que el espanto; y fue suficiente pues como no era un santo sabía que la vida es riesgo o abstinencia, que toda gran ambición es gran demencia y que el más sordido horror tiene su encanto. Vivió para vivir que es ver la muerte como algo cotidiano a la que apostamos un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte. Supo que lo mejor es aquello que dejamos -precisamente porque nos marchamos-. Todo lo cotidiano resulta aborrecible, sólo hay un lugar para vivir, el imposible. Conoció la prisión, el ostracismo, el exilio, las múltiples ofensas típicas de la vileza humana; pero siempre lo escoltí cierto estoicismo que le ayudó a caminar por cuerdas tensas o a disfrutar del esplendor de la mañana. Y cuando ya se bamboleaba surgía una por la cual se lanzaba al infinito. No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito, ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto (ni después de muerto quiso vivir quieto). Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar donde habrán de fluir constantemente. No ha perdido la costumbre de soñar: espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.