martes, 12 de junio de 2012

La torre de los sueños.Dora Alonso





Hay una calle que mi corazón se ha robado de los barrios de mi infancia.
Forugh Farrojzad







La torre de los sueños

 Al salir el Sol, el ronco canto del animoso Pipisigallo despertó a todos. Cuando se levantaron, ya el monigote se calzaba las espuelas y se preparaba a desayunar un plato de harina de maíz con papitas fritas, mientras los niños, Colorín y Uno-dos preparaban el coche.

Como no cabían todos, se acordó que Dos-tres y Tres-cuatro se quedaran en la quinta para preparar la comida y que al día siguiente irían ellos, regresando entonces Azulín y Uno-dos para hacerse cargo de la cocina.

¡Quiribín, quiribín!...

Al llegar al pueblo en forma de caracol todo estaba tranquilo. El fantoche de sombrero de jipijapa miraba atentamente con sus ojitos verdes y al fin distinguió una torre que sobresalía cerca de la plaza donde giraba el carrusel cargado de niños dormidos.

Antes de acercarse a la torre, el Pipisigallo explicó que debían prestar mucha atención al guardián para no cometer errores.

—¿Y qué pasará en la torre? —averiguaba Perroazul muy inquieto.

—¡Ya se sabrá! ¡Adelante! De uno en fondo y marcando el paso. ¡Un dos, un dos, un dos!...

La torre, que también estaba cubierta por fichas de dominó, tenía en lo más alto una veleta en forma de gallo.

—Es mi tatarabuelo —afirmó el vaquero guía—. Tengo que saludarlo.

Y cantó su ronco quiquiriquí. La veleta dejó de girar, el gallo de latón abrió el pico y se oyó otro quiquiriquí todavía más ronco.

Tan pronto cantó el gallo de la veleta, se entreabrió la maciza puerta de la torre, y se asomó un personaje.

—Es el guardián —susurró el práctico—. Mírenlo bien.

Era una alta figura vestida con un amplio capuchón blanco: traía embrazado un escudo de plata bruñida y se adornaba con un fantástico collar de peces que le caía hasta las rodillas. Llevaba una hermosa barba que le daba al pecho y por ella subían y bajaban diminutas arañas de vidrio tejiendo sus casas con hilo dorado.

Al verlos acercarse, el custodio se inclinó con gravedad y dijo en voz alta:


—Soy el guardián

de la Torre de los Sueños.

Entra y sueña,

sueña y alégrate

con el misterio

del escudo y los peces.

Acompañados por el caprichoso figurón, penetraron en la torre y, atravesando una cortina de humo color púrpura, franquearon la entrada de una espaciosa sala en cuyas paredes brillaba una galería de escudos iguales al que llevaba el guardián.

El de la barba cubierta de arañitas habló de nuevo:


—En cada escudo hay un sueño

y en cada sueño un misterio.

Dijo también que cada cual eligiera su escudo y su sueño. Así lo hicieron y, al momento, sobre la plata pulida aparecieron distintas imágenes en blanco y negro y en colores: paisajes desconocidos, cosas olvidadas, rarezas, pequeñas cosas lindas que cruzaban lentas como nubes...

Perroazul quiso soñar con sus hermanitos y al instante vio aparecer cuatro lindos cachorros jugando y correteando por la orilla de una playita. El sato se puso a ladrar muy contento, pero lo mandaron a callar.

Todo resultaba sorprendente: el que deseó soñar con viajes, pudo verse recorriendo los lugares más bellos del mundo. Quien prefirió soñar con navegación interplanetaria, se vio sobre un cohete espacial con la escafandra y cuanto llevan los cosmonautas y llegó a la Luna y a Marte y exploró sus cráteres y montañas.

Azulosa soñó que visitaba el país de los juguetes y pudo verse cargando muñecas de todas clases, bebés llorones y montones de Lilís de grandes ojos negros y azules.

El de las espuelas soñó con un viejo deseo: conocer los Pipisigallos de lejanas tierras, y en el acto vio un esquimal en su iglú, que parecía el mismo Pipisigallo cubano disfrazado. Lo siguieron un ataviado mandarín, un Pipisigallo torero, otro escritor y hasta un imponente domador de fieras rodeado de tigres y leones. Todos de un metro de alto, casi otro de ancho, cara de pájaro y cola de gallo.

En el escudo de Colorín, en cambio, de acuerdo con sus deseos, comenzó un desfile de carruajes de todas las épocas y todos con Colorín al pescante. Al final, aparecía su viejo coche bastante estropeado, y al cochero se le humedecieron los ojos. Fue el carro que más le gustó.

Uno-dos lloraba lagrimones como garbanzos. Se le había ocurrido soñar con sus compañeros ausentes y al verlos haciendo gracias y dando saltos mortales y meciéndose en los trapecios, le entró nostalgia y tuvo que pedir prestado un pañuelo.

Sumidos en la contemplación, no sentían pasar el tiempo, pero en un momento sonó una campana, se apagaron las luces y resonó la voz del vigilante:


—En la Torre de los Sueños

ya los sueños se han dormido.


Salieron del salón y de la torre guiados por la barba fosforescente del personaje. En la oscuridad, las arañitas de vidrio subían y bajaban trazando sus arabescos de oro.

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